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Rodrick Santoyo
Fue condenado por azar a vivir tiempos infaustos y bochornosos en Honda; cuna amarga, pueblo que recuerda con lástima. De allí su conversión en un flojo errante. Ahora y por siempre, está dedicado a desorientarse, divagar, excederse y contradecirse. Universitario por necesidad. La sacra y pusilánime gloria la encuentra en cuantos cartones tienen su nombre, además que con algo deberá limpiarse cuando el papel de baño se acabe. Tiene la esperanza de morir con un libro en la mano. Por ello, su único propósito es ser enterrado en un ataúd hecho con las hojas de las novelas de Mark Twain.
